La casa del páramo (Elizabeth Gaskell)

Es totalmente imposible (re)leer algo de Elizabeth Gaskell (1810-1865) y quedar indiferente. Imposible. Quizá por eso somos muchas las personas que tenemos en un pedestal a esta escritora decimonónica cuyas novelas son una constante invitación a la reflexión -especialmente en lo que al papel de la mujer se refiere.

La casa del páramo es una de esas novelas que suelo recomendar si queremos introducirnos en la autora. Es cierto que la créme de la créme de su producción literaria es Norte y Sur (¡maravilla!), pero suele ser mejor comenzar, al menos en mi opinión, por algo más moderado, aunque no por ello carente de calidad y carisma. 

El texto tiene como protagonista a la joven Maggie Browne, persona de juicioso carácter y bella alma, que vive, junto a su madre, su hermano Edward y una vieja criada, Nancy, en una humilde casa, ubicada en un páramo. Tras la muerte de su padre, el apreciado pastor Browne, la familia lleva una existencia propia de una familia de clase media de ajustados ingresos. 

Sin embargo, todo cambia cuando su vecino, el variopinto Mr. Buxton, decide convertirse en protector de los hijos de quien fuera su amigo, facilitando los estudios de Edward y permitiendo a Maggie estar en compañía de su sobrina (una hija para él), su hijo Frank y su adorada y enferma esposa, personaje, por cierto, clave en la historia. 

Las relaciones y diversidad de caracteres de los personajes de La casa del páramo, hacen de ésta una novela en la que encontramos amor, orgullo, defectos fatales de carácter, sacrificio, una crítica constante a la poca consideración en la que cierto perfil de hombres (que por entonces abundaban) tienen a las mujeres, la relación madre-hija, el rol de las hijas como cuidadoras del hogar o criadas, la generosidad o la diferencia entre constancia y obcecación. 

Una de las cuestiones que más me gustan es como, a través del personaje de Maggie, y en paralelo con el de Mrs. Buxton, Gaskell resalta las virtudes y logros que un buen corazón puede alcanzar, y reclama el derecho de  la mujer a ser considerada mucho más que un elemento decorativo o un ser inferior.

En definitiva, una historia aparentemente sencilla que, al igual que las cebollas, tiene muchas capas. ¡Qué la disfrutéis!




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